Mariana Enríquez: una voz central del gótico rioplatense
Mariana Enríquez nació en Buenos Aires en 1973 y es una de las autoras más influyentes de la literatura argentina actual. Periodista, narradora y ensayista, ha desarrollado una obra que dialoga abiertamente con la tradición del terror, el gótico y lo fantástico, pero siempre anclada en la realidad social y política de su país. Desde sus primeros libros de cuentos, como Los peligros de fumar en la cama y Las cosas que perdimos en el fuego, Enríquez mostró una sensibilidad particular para retratar los márgenes urbanos, la violencia estructural y los fantasmas —reales y simbólicos— de la historia reciente argentina.
Su escritura se caracteriza por una prosa directa y envolvente, capaz de conjugar escenas cotidianas con irrupciones de lo inquietante, sin perder nunca el pulso narrativo ni la densidad simbólica. Influida por autores como Stephen King, H. P. Lovecraft, Shirley Jackson y la tradición latinoamericana del fantástico, Enríquez ha construido un universo propio en el que el terror funciona como una herramienta crítica. Nuestra parte de noche representa el punto más ambicioso de su trayectoria: una novela extensa, compleja y profundamente personal, en la que confluyen sus obsesiones literarias con una reflexión madura sobre el poder, la herencia y la memoria.
Una reseña de Nuestra parte de noche: oscuridad, poder y filiación
La novela se sitúa principalmente en Argentina, entre las décadas de 1970 y 1990, y gira en torno a la relación entre Juan Peterson y su hijo Gaspar. Juan es un médium dotado de una conexión excepcional con una entidad oscura conocida como la Oscuridad, venerada por una secta poderosa llamada la Orden. Este don, que lo convierte en una pieza central de rituales violentos y secretos, es al mismo tiempo una condena física y espiritual. Enfermo, agotado y consciente del destino que la Orden planea para su hijo, Juan emprende una huida desesperada para proteger a Gaspar de una herencia que amenaza con devorarlo.
A partir de este núcleo narrativo, Nuestra parte de noche despliega una estructura fragmentaria que recorre distintos tiempos, espacios y voces. La novela alterna escenas íntimas con episodios colectivos, viajes por rutas argentinas, estancias en mansiones siniestras y pasajes que rozan el delirio místico. El terror sobrenatural —rituales, cuerpos atravesados por fuerzas inexplicables, umbrales hacia otras dimensiones— convive con un terror histórico y político igualmente inquietante: el de la dictadura militar, la desaparición de personas, la violencia institucional y la impunidad de las élites.
Uno de los grandes logros de la novela es su capacidad para integrar estos planos sin jerarquizarlos. La Orden, con su riqueza, su poder y su crueldad ritual, funciona como una metáfora extrema de las clases dominantes y de los pactos de silencio que atraviesan la historia argentina. Al mismo tiempo, la relación entre Juan y Gaspar aporta una dimensión profundamente humana al relato: el amor paterno, el miedo a la repetición del daño y la lucha por romper un ciclo de violencia heredada. Enríquez construye así una novela en la que el horror no es un fin en sí mismo, sino un lenguaje para hablar de lo indecible.
El valor de la obra en el contexto actual
Nuestra parte de noche adquiere una relevancia especial en el contexto contemporáneo por su manera de abordar la memoria, el poder y la transmisión del trauma. En una época en la que los debates sobre el pasado reciente, la violencia estructural y las herencias simbólicas siguen abiertos, la novela propone una lectura inquietante pero lúcida: el mal no desaparece, se transforma y se transmite. La figura de la herencia —biológica, social, histórica— atraviesa todo el libro y conecta directamente con las preocupaciones actuales sobre identidad, responsabilidad y futuro.
Desde el punto de vista literario, la novela confirma que el terror puede ser un género de alto valor estético y político. Enríquez demuestra que es posible escribir una obra ambiciosa y compleja sin renunciar a la potencia narrativa ni a la accesibilidad del relato. Nuestra parte de noche dialoga tanto con la tradición del horror anglosajón como con la literatura latinoamericana de la memoria, ofreciendo una síntesis original que ha ampliado el horizonte del género en español.
Finalmente, el valor de esta novela reside en su capacidad para incomodar y conmover. No ofrece consuelo fácil ni redenciones absolutas, pero sí una mirada honesta sobre el amor, el miedo y la resistencia. Para el lector actual, Nuestra parte de noche es una experiencia intensa y exigente, una invitación a mirar de frente las sombras —personales y colectivas— que todavía nos acompañan. En ese gesto valiente y perturbador se cifra buena parte de su grandeza.

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